Más allá de zaj está ayacata
Arte Por RAMÓN ESPARZA. Desde AyacataJuan Hidalgo
El de Ayacata es un nombre que transmite la sensación de ser uno de esos pequeños pueblos literarios o cinematográficos. No se molesten en buscarlo en ese equivalente moderno de los cartógrafos de Borges. Les ahorro el trabajo: no aparece en Google Maps. Ayacata es uno de esos sitios en los que dicen que a la gente de talante bohemio gusta perderse, una vez recorrido el mundo, para crear el suyo propio con los restos de su biografía.
Un taller de ideas. Ayacata fue el lugar elegido por Juan Hidalgo para mudarse hace ya trece años, dejando a un lado la vida de la ciudad, en lo que muchos vieron un retiro «como los elefantes, cuando siguen la senda que les lleva donde esperan morir». Lejos de ello, Ayacata ha demostrado ser un taller de ideas en que alguien como Hidalgo, en quien arte y artista, obra y biografía se funden, ha podido encontrar la inspiración para seguir creando y viviendo. Más allá de Zaj.
¿Y cómo es esa obra? Como la vida misma, variada y repetitiva. Diversa en sus soportes, estable -en cierta media- en sus temas, cambiante en sus significados. El discurso (horrible palabra) vital y artístico de Hidalgo parte de la elaboración de un lenguaje propio, en el que las imágenes fotográficas pasan a ser acciones, los objetos ven reforzada su condición de especímenes (Un… más) y las instalaciones son definidas como ambientes. Hay, desde luego, reiteración en la visita de ciertos temas, como la homosexualidad, aunque su sentido varíe, o la visión dadaísta del objeto común. Pero el trabajo de Hidalgo consiste en redefinir el significado de esos objetos; en crear un lenguaje propio en el que el concepto es representado por signos que, en el habla más socializada, representan otras cosas.
Esa reformulación de la relación significante/significado, una vez percibida por el espectador, permite entrever la auténtica dimensión de la obra; la asunción de un principio de total libertad de artista para elaborar su propio mundo y, de este modo, redefinir el nuestro.
Amortizado. Queda la cuestión histórica. Al significado (relación signo/objeto) se añade el sentido, y este es contextual e histórico, lo cual aporta una dimensión temporal a la obra. La insistencia de Hidalgo en la temática homoerótica puede parecer hoy parcialmente desactivada (aunque siempre hay alguien que nos devuelve al momento más atávico). Nadie (¿nadie?) se escandaliza hoy ante la vista de un pene o un globo terráqueo metido en un condón, lo mismo que el repetido recurso, a lo largo de las salas de la muestra, a los colores de la bandera republicana, que constituyen, incluso, la pauta de diseño de la muestra. Diríase que la de Hidalgo es ya una obra amortizada por la Historia, subsumida en un momento concreto tanto en el plano artístico internacional (los fluxus, la electroacústica, el situacionismo) como en el contexto sociopolítico español (los estertores del franquismo). Pero eso supondría fosilizar el discurso creativo, considerar que la relación de significación es algo fijo, y que cuando el artista utiliza los mismos elementos es para decir lo mismo. Craso error. No sólo el significado socializado cambia; también lo hace la actitud del artista ante los objetos. La idea que debe guiar cualquier contemplación de la obra de Hidalgo es la de indeterminación, la de puesta en duda incluso de los sentidos más evidentes en apariencia y la aceptación de que si somos lenguaje, si la comunicación no es sino la puesta en práctica de unos juegos, Hidalgo sigue siendo un niño. A sus ochenta años. Así que juguemos.



























































