Con ética y estética de mujeres
¿Existe un arte femenino y un arte feminista? La respuesta es sí y la da la filósofa asturiana Susana Carro en su libro;”Mujeres de ojos rojos” (Trea), que se presentará con motivo del Día de la Mujer
06.03.10 – 03:11 -
No importa tanto la calidad de las obras como su valor como reflexiones públicas.
Es un viejo debate el de la relación entre ética y estética, una discusión filosófica que aborda muchos espacios y tiempos y que ahora, de la mano de Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) toma forma de libro tras haber sido tesis doctoral para centrarse en la conjunción de feminismo y arte. ¿Hubo tal encuentro? ¿Se dejaron influir las artistas de los setenta por lo que dejó escrito Simone de Beauvoir? ¿Hay un arte feminista y un arte femenino? La respuesta es sí. A lo largo de 212 páginas, la filósofa asturiana explica las relaciones entre arte, política y filosofía desde que en 1949 se escribó “El segundo sexo”.
“Mujeres de ojos rojos” es el título de la obra que presenta Trea con motivo del Día de la Mujer el próximo martes y que es fruto de dos años de análisis y reflexión y otro más de reescritura. No es baladí el título porque ya en él se posiciona su autora sobre esas relaciones entre ética y estética tan difíciles de evidenciar. Le ha robado la frase a Gilles Deleuze, un filosofo francés que entendía que un artista es aquel que ha encontrado en su experiencia cosas intolerables e injustas, que regresa del abismo «con los ojos rojos» y las traslada a la materia, ya sea la literatura, la pintura u otras disciplinas. Eso han hecho muchas mujeres artistas a lo largo de las últimas décadas en Estados Unidos y Europa y muchas de ellas bajo la inspiración del feminismo. Un feminismo que es tan variable como el propio arte y que ha ido generando debates sobre el papel de la mujer. Hay una dicotomía que marca las diferencias: el feminismo de la igualdad, el que promueve que hombres y mujeres son iguales y las características que se le atribuyen a las mujeres como propias (tolerancia, sensibilidad, cariño, etcétera) son culturales y no innatas, y el de la diferencia, que proclama que las mujeres deben defender lo que les separa de los varones. Uno y otro feminismo han inspirado diferentes maneras de entender el arte en distintos momentos históricos: el arte feminista y el arte femenino. La reflexión de Susana Carro Fernández parte de otra previa, la vigencia del mensaje de Simone de Beauvoir que también algunos cuestionan. Ella entiende que su contemporaneidad es tal que su influencia se deja ver en todas las filósofas feministas posteriores.
Dejó huella impresa en negro sobre blanco y también en las artes plásticas. «La impronta de De Beauvoir abarca también al arte, en muchas manifestaciones artísticas de los setenta aparecen representadas ciertas categorías filosóficas que ella había utilizado», detalla la autora. De lo que en principio era sólo una intuición surge el trabajo que ahora toma forma de libro y recupera la obra de creadoras que si bien no han pasado a la historia del arte, sí dejaron sus pensamientos, su visión del mundo y la política, en forma de lienzos, fotografías, performances o esculturas. No importa en su trabajo tanto la calidad como la valía que tuvo en su momento que esas reflexiones sobre la situación de la mujeres salieran del ámbito privado para exponerse en público. Todo empieza en 1949. Es entonces cuando se escribe ‘El segundo sexo’, la obra de De Beauvoir en la que aparecen sus conceptos de lo otro y el patriarcado, esos conceptos que hablan de un mundo en el que el varón es lo esencial y la mujer vive a la sombra. Ese pensamiento ya tiene su primer reflejo en el arte de una contemporánea y paisana de la filósofa francesa, Louise Bourgeois. Ellas dos, ambas europeas, son, en cierta forma, las madres de lo que llegaría más tarde, a finales de los años sesenta y principios de los setenta a los Estados Unidos de efervescencia y la contracultura. El paralelismo entre ambas se observa a la perfección una obra de Bourgeois previa a la publicación de ‘El segundo sexo’ y que lleva por título ‘Femme maison’. Es el dibujo de la silueta de una mujer en la que su cabeza ha sido sustituida por una casa. El de la autora de la famosa araña del Guggenheim es, a decir de Susana Carro, un claro ejemplo entre esa relación entre ética y estética, en esa transmisión en tinta sobre lino de algo más que arte, de un pensamiento, una filosofía, una visión del mundo. A finales de los años cuarenta esas dos mujeres dejaron una primera huella de lo que se define como arte feminista. Pero no fue hasta finales de los sesenta y principios de los setenta cuando se escribe con letras mayúsculas esta historia de la que ambas, pese al paso del tiempo, siguen siendo partícipes. Fue no ya en Europa, sino al otro lado del charco, donde se produjo el boom de esta forma de arte, que tiene nombres propios como los de Martha Rosler y Judy Chicago. ‘La mística de la feminidad’, de Betty Friedan, ‘Política sexual’, de Kate Millett, y ‘La dialéctica del sexo’, de Shulamith Firestone, son las obras claves del pensamiento feminista que aparecen retratadas en el arte y lo curioso es que lo están, en ocasiones, independientemente de que las artistas conocieran en profundidad o en la superficie sus pensamientos. Lo están porque en aquel momento y en aquel lugar, en el Estados Unidos de los setenta, se despertó esa conciencia feminista que afloró en todas las artes, porque era algo que se respiraba y se palpaba, algo que formaba parte del día a día de muchas mujeres. Observar algunas de las obras de Marta Rosler, como los fotomontajes de ‘Bringing the War home’ deja clara cuál era su visión del mundo. Pero los setenta empezaron con un feminismo igualitario y terminaron con el nacimiento de otro, el de la diferencia, el mismo que inspiró un arte, el femenino, con una serie de características comunes, con la utilización de la figura de la mujer en muchas de sus representaciones. «Con ‘La dialéctica del sexo’ empieza ya una cierta deriva hacia el feminismo de la diferencia, se empieza a hablar de la proximidad de la mujer a la tierra, la naturaleza, la revindicación de las esencias femeninas», detalla Susana Carro, quien explica que Francia vuelve a ser foco de cambios a través de filósofas como Luce Irigaray, que buscan resaltar esa disparidad. «El feminismo de la diferencia dice que hay un lenguaje propio de las mujeres, que se va a plasmar de una forma muy concreta en las artes plásticas, que las mujeres trabajan sobre unos motivos peculariares, utilizar un colorido particular, tienen temas de interés diferente a los de los hombres», indica Susana Carro. Y con esa filosofía, se proclamaba el gusto de las mujeres por las formas curvas, redondeadas y rugosas sobre las planas, aspectos que hoy pueden resultar ingenuos pero que en su momento formaron parte de densos manifiestos sobre el arte femenino. Pero, por encima de todo, había algo que lo definía, que era la búsqueda de esa esencia de mujer que muchas artistas descubrieron en el cuerpo, protagonista absoluto de numerosas obras. Esas diferencias, esas formas de ser y hacer diferentes a las masculinas, son las que se reivindican tanto en la filosofía como en el arte. En el segundo caso, con nombres propios como Ana Mendieta, «que defendía que existe una gran proximidad entre la mujer y la naturaleza, y en esa fusión es donde se va a encontrar la verdadera identidad femenina». Otro de las firmas relevantes es la de Nancy Spero, que llegó incluso a reproducir en sus obras algunas citas de filósofas de la época. Las feministas de la diferencia aunaban una ética y una estética común mientras que las de la igualdad ahondaban en la ética muy por encima de la estética. El análisis que realiza la filósofa Susana Carro continúa más allá de los ochenta y se adentra incluso en el principio de los noventa, pero se queda sin entrar a fondo en qué ha ocurrido con los movimientos más rabiosamente contemporáneos. Esa es una asignatura pendiente que habrá que analizar -Carro tiene en mente en hacerlo- pero, a falta del estudio en profundidad, apunta ya hacia dónde ha ido evolucionando ese arte de mujeres con mensaje: «El feminismo contemporáneo ha tenido muchas derivas y corrientes, pero de alguna manera lo que viene a continuación son reelecturas de estos dos feminismos, no son cosas nuevas sino reinterpretaciones, tanto en el ámbito de la filosofía como de las artes plásticas».
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vía Con ética y estética de mujeres. El Comercio.
«Hay que cambiar el mundo y romper con la ideología del patriarcado»
«Las artistas que aparecen en mi libro tienen la mirada de quienes han vivido la opresión de la mujer y la reflejan»
J. L. ARGÜELLES
Autora de «Educación para la igualdad de oportunidades» y «Tras las huella de “El segundo sexo” en el pensamiento feminista contemporáneo», la filósofa Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) presentó ayer en el Antiguo Instituto «Mujeres de ojos rojos (Del arte feminista al arte femenino)», editado por Trea, un libro en el que prosigue su personal investigación, en esta ocasión en las lindes de la ética y la estética.
-¿Qué es «Mujeres de ojos rojos»?
-Es un título tomado de una cita de Deleuze, en la que éste dice que artista es aquella persona que penetra en la profundidad de la vida, descubre algo intolerable y regresa, con los ojos rojos, para trasladar ese conocimiento. Yo he aplicado ese mensaje a todas las pensadoras y artistas que aparecen en mi libro. Tienen la mirada de quienes han vivido la opresión de la mujer y la reflejan en la pintura, en la escultura…
-¿Hay diferencias entre los «ojos rojos» de una mujer y los de un hombre?
-En este caso, los de las mujeres que salen en mi libro están especialmente «enrojecidos» por la problemática de la opresión de género. La diferencia entre unos y otros viene dada por la experiencia. La mujer vive esa opresión en primera persona, mientras que el varón tiene una visión desde otra perspectiva.
-¿Arte feminista y arte femenino?
-Pues sí, pero no es una ocurrencia mía. Si repasamos el arte comprometido con las mujeres, a partir de los años setenta, nos damos cuenta que hay un arte feminista: el que condena la situación social de la mujer y la denuncia. Y hay también un arte femenino, que no niega el lugar de «lo otro», de esa situación de la mujer, pero que atiende más a la sensibilidad específica de las mujeres.
-Pero no tiene por qué existir incompatibilidad entre la posición feminista y la femenina.
-Para las feministas de la diferencia no la hay; para las de la igualdad existe, porque lo femenino es un constructo social y cultural. En el momento en que es una construcción impuesta, estamos ante algo negativo. Las feministas de la diferencia consideran que lo femenino es el valor a reivindicar; para las de la igualdad, depende.
-La palabra «feminista» ha ganado prestigio en ciertos ámbitos intelectuales y políticos, al contrario que el vocablo «femenino». ¿Comparte esta opinión?
-No, no la comparto. Creo que la mayoría de la gente tiene muchos prejuicios ante la palabra «feminista», y en el mundo académico se acepta referida a estudios de género. La palabra «feminista» aún tiene connotaciones peyorativas para quienes nunca han entendido las luchas por la igualdad.
-En su libro, usted señala a Rousseau como el culpable de una educación basada en la subordinación de la mujer al varón.
-Durante la Ilustración se predican valores como el de la igualdad, pero, por desgracia, no es una igualdad universal. Rousseau excluye de esa categoría, la de la igualdad, a las mujeres. La educación que defiende para Sofía es totalmente distinta a la de Emilio, y siempre al servicio del hombre, nunca para que ella se pueda formar intelectualmente. Podía haber dado un paso más, pero quien lo hace es Mary Wollstonecraft, que reclama una igualdad para todos, incluidas las mujeres.
-¿Esa posición de Rousseau lastró muchas de las ideas de la izquierda política?
-Hay ahí una ideología de fondo de la que no escapa ninguna filosofía, construidas desde el sistema patriarcal. Si tenemos en cuenta que la mayoría de esos pensadores, y no porque no haya habido mujeres filósofas, han sido hombres, pues se explican muchas cosas. ¿Es Rousseau el culpable? No creo, él conceptualiza ideas que están en el ambiente. Los ideólogos de izquierda, incluidos los marxistas, deberían haberse dado cuentas de cómo estaban las cosas.
-A veces, leyendo algunos análisis feministas, tengo la sensación de que hay un olvido importante: el hombre también es víctima de esa sociedad patriarcal y edificada sobre un determinado modelo de relaciones económicas.
-Puede ser, pero no es un problema por el que considere que debo preocuparme. Me explico: el hombre tiene ciertos privilegios y no va a salvar a la mujer de la situación que ésta padece. La lucha es de las mujeres. ¿Los hombres son también víctimas de la sociedad patriarcal? De acuerdo, pero su situación es totalmente distinta a la de las mujeres.
-¿El adversario es el hombre o la sociedad patriarcal?
-La sociedad patriarcal, evidentemente, pero a veces se encarna en sujetos…
-Y en «sujetas»…
-Es cierto que la opresión de la mujer es fruto de una ideología, la del patriarcado, y la responsable de la ideología es el conjunto de una comunidad de hombres y mujeres. Y es cierto, también, que a las mujeres, en muchos casos, nos cuesta mucho trabajo darnos cuenta de esa situación de opresión. Le cuento una anécdota: Simone de Beauvoir no tenía derecho al voto y, sin embargo, al inicio de «El segundo sexo» comenta que nunca había sentido la opresión. El primer paso, y el más difícil, está en la percepción de esa opresión.
-Menciona a Simone de Beauvoir, que es un evidente apoyo intelectual de su trabajo. ¿La frase «No se nace mujer, se llega a serlo» está detrás de su planteamiento?
-Sí, «Mujeres de ojos rojos» surge a partir de la lectura de Simone de Beauvoir. Cuando me inicié en el feminismo, escuchaba que Simone Beauvoir no merecía la pena, que estaba trasnochada. Me acerqué a «El segundo sexo» sin ninguna expectativa, pero encontré un discurso actual y que las cosas estaban muy bien explicadas. Me parece que su influencia en el feminismo, en el ilustrado y en el de la diferencia, es muy importante.
-¿Y el de «Una habitación propia», la obra de Virginia Woolf?
-No sé en el plano literario, en el de la historia de la literatura, que no domino, pero para el feminismo es de una gran importancia. El título del libro se ha convertido casi en una consigna. Y claro, en el asunto que yo estudio, es una de las reivindicaciones de las artistas: una habitación propia, un espacio autónomo en el que poder trabajar. Lo comentaba, por ejemplo, Louise Bourgeois, que trabajaba en la mesa de su cocina. Bourgeois dirá más tarde, paradójicamente, que la «habitación propia» también quita cosas.
-En su libro habla de varias artistas, entre ellas, Louise Bourgeois. ¿Qué le interesa subrayar?
-Intenté seleccionar a aquellas artistas de mayor prestigio, con una obra plástica que ha trascendido y en la que la teoría feminista resulta evidente.
-¿Cuáles son los retos del feminismo del siglo XXI?
-Vuelvo a Simone de Beauvoir: no soy feminista para ocupar el lugar de los hombres sino para cambiar el mundo. Puede ser un objetivo muy ambicioso, pero ésa es la idea: cambiar el mundo y la sociedad en que vivimos; hay que romper con la ideología del patriarcado.
«La mayoría de la gente tiene muchos prejuicios ante la palabra “feminista”»
«El hombre tiene ciertos privilegios y no va a salvar a la mujer de la situación que ésta padece»
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Más mujeres y más discreción para la Bienal del Whitney
El museo reduce este año a la mitad el número de artistas que participan
BARBARA CELIS – Nueva York – 08/03/2010
Se acabó la era del arte-espectáculo. Con la crisis pisándole los talones a instituciones, galerías y creadores, parece más que razonable que el Museo Whitney de Nueva York haya optado este año por organizar una Bienal con la mitad de artistas que en años recientes (55) y, sobre todo, con un perfil discreto y alejado de ostentaciones. La 75ª edición de la Bienal del Whitney (hasta el 30 de mayo), titulada escuetamente 2010, ofrece, eso sí, un titular para quienes estén dispuestos a observar de cerca: es la primera de la historia en la que la presencia femenina es mayoritaria. Y eso queda aún más patente en la última planta del museo, donde se ha organizado la retrospectiva Coleccionando Bienales. Ahí se muestra lo mejor de cada década, desde Rauschenberg hasta Andy Warhol o Jasper Jones, pero los nombres femeninos son casi anecdóticos -Eva Hesse, Cindy Sherman y pocas más-.
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vía Más mujeres y más discreción para la Bienal del Whitney · ELPAÍS.com.



























































